miércoles, 26 de octubre de 2011

547.- "Es rara la persona que quiere oír lo que no quiere oír"

Autor: Dick Cavett ¿Cómo podemos ser tan remisos a escuchar a quien tenemos más cerca, nosotros mismos, y sin embargo, dar pábulo y carta de naturaleza a toda opinión extraña?

La idea de "escucharse a uno mismo" es realmente brillante, si se sabe cómo hacerlo. ¿Es sensato desatender la voz, plena de información y conocimiento de la situación, que nos dice lo que es correcto para nosotros y lo que no lo es? ¿Es juicioso desoír lo que nuestra voz interior nos está gritando? ¿Cómo, si no escuchamos lo que sentimos, podremos cribar todas las opiniones que fluyen a nuestro alrededor,  para quedarnos con las más apropiadas?

Cuando uno se escucha a sí mismo adopta decisiones perfectas. Sí, obviamente, podemos equivocarnos, pero incluso en caso de error la decisión tomada será la acertada, ya que optamos por ella en su momento y porque, en definitiva, nadie mejor que nosotros para saber qué nos hará felices.

“Cuando escuchamos a alguien, nos parece comprender su exposición, pero cuando nos alejamos de dicha persona, no entendemos ni recordamos casi nada; aunque tratemos de aplicar todo lo que nos dijo. Por lo que debemos aprender a escucharnos a nosotros mismos; y no a quién habla. Dado a que si sólo oímos a dicha persona, ella se convertirá en nuestro líder, y en el único método para comprender." (Jiddu Krishnamurti)

Lo primero, ordena tu mente. Hoy en día estamos rodeados por la información que, a menudo, estorba nuestra mente. Necesitas tener un poco de espacio 'abierto' en tu mente que te permita oírte a ti mismo y no el constante y lacerante ruido de fondo...

“No te dejes engañar por mí.
No permitas que te engañen mis apariencias.
Porque no son más que una máscara,
quizá mil máscaras que temo quitarme,
aunque ninguna me representa.
Doy la impresión de estar seguro,
de que todo va viento en popa,
tanto dentro como fuera,
de que soy la confianza personificada,
de que la calma es mi segunda naturaleza,
de que controlo la situación
y de que NO TENGO NECESIDAD DE NADIE.


Pero no me creas, te lo ruego.
Externamente puedo parecer tranquilo,
pero lo que ves es una máscara.
Por debajo, escondido, está mi verdadero yo
sumido en la confusión, el miedo y la soledad.
Pero lo escondo.
No quiero que nadie lo sepa.
Me aterra pensar que pueda saberse.
Por eso tengo constantemente necesidad
de crear una máscara que me oculte,
una imagen pretenciosa que me proteja
de las miradas sagaces.
Pero esas miradas son precisamente mi salvación,
y lo sé perfectamente,
con tal de que vayan acompañadas
de la aceptación y del amor.
Entonces, esas miradas, se convierten
en el instrumento que puede liberarme de mi mismo,
de los mecanismos de defensa
y las barreras que he levantado entorno a mí,
en el instrumento que puede mostrarme aquello
de lo que no consigo convencerme:
que realmente tengo un valor.


Pero esto no te lo digo,
no tengo coraje:
Me da miedo que tu mirada no venga acompañada
de la aceptación y del amor.
Quizá temo lo que puedas pensar,
que puedas cambiar de opinión sobre mí,
que te burles de mí
y que tu sonrisa me fulmine.
En el fondo, lo que temo es no valer nada,
y que tú te des cuenta y me rechaces.
Por eso sigo con mi juego
de pretensiones desesperadas,
con una apariencia externa de seguridad
y con un niño tembloroso por dentro.
Despliego mi desfile de máscaras
y dejo que mi vida se convierta en una ficción.
Te cuento todo lo que no importa nada,
y nada de lo que de verdad importa,
de lo que me consume por dentro.
Por eso, cuando reconozcas esta rutina,
no te dejes engañar por mis palabras:
escucha bien lo que no te digo,
lo que querría decir, lo que necesito decir,
pero no consigo decir.


No me agrada esconderme, te lo aseguro,
me encantaría ser espontáneo, sincero y genuino,
pero tendrás que ayudarme.
Por favor, tiéndeme tu mano,
aún cuando parezca que eso es lo último que deseo.
Tú puedes sacar a la luz mi vitalidad,
cada vez que te muestras amable, atento y diligente,
cada vez que tratas de comprenderme,
cada vez que me aceptas tal y a pesar de lo que soy.
Porque me quieres,
mi corazón palpita y renace.
Quiero que sepas lo importante que eres para mí
y el poder que tienes, si quieres,
de sacar a la luz la persona que yo soy.
Escúchame, te lo ruego.
Tú puedes derribar las barreras
tras las que me refugio,
tú puedes arrancar mi máscara,
tú puedes liberarme de mi prisión solitaria.


¡No me ignores! ¡No pases de largo, por favor!
Ten paciencia conmigo.
A veces parece que, cuanto más te acercas,
tanto más me rebelo contra tu presencia.
Es irracional, pero es así:
combato aquello de lo que tengo necesidad.
¡Así somos los humanos muchas veces!
Pero el amor, el amor que habita en ti,
es más fuerte que toda resistencia,
y ahí reside mi esperanza,
mi verdadera esperanza.
Ayúdame a derribar las barreras
con tus manos firmes,
pero a la vez delicadas,
pues dentro de mí habita un niño
y un niño es siempre muy frágil.


¿Te preguntas quién soy?
Soy alguien a quien conoces muy bien.
Soy cada persona con quien te encuentras.
Soy... Tú mismo”.

Reflexión final: Nadie tiene las respuestas, sino tú.

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